Chica con rulos

Le pidieron que me peine. Tenía 3 años y los rulos salvajes. Los llevaba sueltos, porque así es como hacés las cosas cuando sos niña en aquella época, tenés el cabello en la cabeza y va con vos a todas partes sin demasiado cuestionamiento. Sin demasiado cuestionamiento para mi y para quien me lo dejaba suelto, pero se ve que los tirabuzones cuestionaban a quienes los veían.

Le pidieron que me peine. Y me peinó.

Comencé a usar trenzas. Una colita. Luego dos. Tenía que ir peinada.

Creo que pensaron que al peinarme dejaría de reconocer el vals del Danubio Azul. O preguntar adónde había ido mi hermana si el cielo no existía.
Pensaron que al peinarme dejaría de decir que estaba fascinada o que la comida era deliciosa. Porque parece que a los 3 años sólo está permitido decir lindo, feo, escuchar a Carlitos Balá o saludar a una estrellita.

Le pidieron que no hable. Que no haga preguntas durante la clase, porque “exponía a las profesoras”. Que me dedicara a estudiar lo básico, que con lo que me daban en el aula estaba bien, que porqué siempre querer seguir sabiendo, que si igualmente me iba a ir bien en la facultad porque era muy inteligente, que qué necesidad de esforzarme tanto para nada. Que las “4 grandes” me bancaban, pero a las otras profesoras les molestaba que haga preguntas en clase y entonces consideraban importante que valorara la posibilidad de dejar de hacerlo. (Cuánto agradezco que al menos hayan existido esas “4 grandes”…)

Creo que pensaron que el querer saber le quedaba solamente a las chicas del Pellegrini al que las del conurbano desconocedor no llegaríamos nunca.

Que si sentía una infinita curiosidad por saber me estaba sobre esforzando. Que el único motivo por el que valía la pena estudiar era ir a la Universidad.

Pero se me transmitió que la Hernana Silvia quería que baje un poco el perfil, y yo lo intenté con mucha fuerza.

No era fácil ser adolescente, aún con los rulos casi desaparecidos y la consigna de dejar de ser inteligente.

Es como que el mundo se dividía entre las que habían consiguedi actitud al entrar del secundario y las que nos habíamos llevado encare a marzo y nos quedó previa hasta la eternidad.

No era fácil ser adolescente. Eran horas de fiestas a las que no te invitaban, de pijamas party de “loosers” que organizabas para resistir en conjunto cuando no eras parte, de amores de tu vida con los que sólo soñabas e ibas a seguir soñando, de esperar tu cumple de 15 sólo para bailar con fulanito y que no sea posible porque estaba con su novia en la puerta, de las caras que pusieron la primera vez que alguien te tuvo lástima y te dijo: “Vení a tal lugar a las 10 y traé algo para tomar”, de la humillación de las cargadas cuando ibas a las fiestas con pantalón de vestir y camisa blanca, de todo lo que pensabas y no tenías que decir porque tampoco debías ser inteligente o de lo dificil que era animarse a moverse cuando las diosas del grupo bailaban meneándose freneticamente proyectando sus sombras en las paredes.
Fueron los años de sentir que nunca ibas a ser como ellas, de verlas todas soberbias, buenas en todo, hermosas, fuertes, excelentes deportistas, con el cuerpo tallado y la ropa indicada y vos ahí calladita, no vayas a molestarlas.

Y frente a todo, tu única venganza: La de haberte escondido en un disfraz de mejor amiga de todos los varones, que eran tus mejores amigos para estar cerca del que te gustaba y que nunca te daría bola. Lo que estaba bueno aunque también convertía al susodicho en tu mejor amigo pero al menos lo tenías cerca… y al menos en algún momento ellas te envidiaban. Por eso. Por nada tuyo. Pero al menos te envidiaban. (Y sumabas envidia extra cuando tu REAL mejor amigo era el codiciado del grupo.)

Te peinan los rulos, y creo que ahí comienza todo.
Con la obediencia de hacer lo que algún tarado necesita para que las únicas curvas que vas a tener en tu vida no le perturben la mirada.

Entonces cuando te piden que anules lo que pensás vos decís: Claro, como los rulos. Y te conformás con parecer una tremenda idiota para que nadie se ofenda.

Y luego llegan los jefes. Y tenés que ser muy prolija para no decir nada que sobresalga o que los haga sentirse opacados. Porque vos serás una cuatro de copas pero ellos son unos inseguros. Y ya tenés el pelo lacio pero te seguís planchando los rulos.
Y ellos firman tus notas.
Y ellos consiguen tus tickets.
Y ellos capitalizan los triunfos colectivos.
Y ellos cobran tu dinero.

Y capaz todo eso sea porque te peinaron, pero también fue porque nunca le dijiste a quien te transmitió el mensaje, que por favor y respetuosamente le diga a la hermana Silvia: NO ME IMPORTA QUE LAS PROFESORAS SE SIENTAN EXPUESTAS POR MI FORMA DE SER Y MI NECESIDAD DE SABER.
No voy a simular ser una idiota. No voy a conformarme con que cumplan los puntos del programa. No voy a disimular que me gusta leer si la educación va a ser la única herramienta que tenga para llegar a algún lado.

Simplemente no voy a hacerlo.
NO
VOY
A
HACERLO.

Y capaz podría haber sido el punto de inicio.

Que podría haber derivado en fundar un club de loosers que organice sus propias fiestas cuyo único requisito de entrada hubiera sido portar acné.
Que podría haber confluido en sentir posible encontrar algún pibe que se enamore de una adolescente que pensaba y hablaba. Aún de los populares. ¿Porqué las comoyo no podían enamorar a uno “de los populares”?
Que hubiera tenido como consecuencia transitar los espacios y los momentos creyendo que se podía ganar con lo que se era en cambio de pretendiendo no serlo.

Entonces hubiera llegado al trabajo sabiendo que tenía derechos y que lo que hacía valía.
Que mi trabajo era mío y que debía buscar trabajar con quienes lo valoraran.
Que cuando existiera la posibilidad de elegir, (un privilegio que no tuve en aquel momento), los laburos debieran haberse elegido no por la plata, sino por la capacidad de ser una en los mismos.

Pero bueno. Con el diario del futuro todos somos profetas. Es fácil juzgar el pasado con los requechos de claridad que masomenos pudiste ir hilvanando en el camino hasta llegar al momento actual.

Y no puedo cambiar el pasado, pero puedo hacer otras dos cosas.

Escrbirle a tantas niñas, gurisas, pibas, adolescentes, mujeres, que son GRANDES. Son GENIALES. Son HERMOSAS. Son TODO LO QUE NECESITAN. POSTA. Se los juro.
Alguien que se los cuente, se los refresque, se los repita. Porque casi nadie habrá llegado leyendo hasta acá.

Y también puedo agarrar todos esos requechos de claridad que masomenos pude ir hilvanando en el camino hasta el momento actual y cambiar la historia de acá para adelante.

Decirle a esa modista que no voy a adelgazar.
Decirle a ese inseguro que me tiene miedo que no quiero su lugar.
Cantar mi verdad al viento y que escuche quien quiera escuchar.
Pasar de largo de quien me excluyó diciendo “disculpame pero la primera impresión me entra por los ojos y no por lo que hay en tu cabeza”. (Pasar de largo porque a MI la primera impresión me entra por la profundidad de los pensamientos y la verdad, viniste playito playito.)

Y comprar alguna forma de crema para peinar. Tomarme el rato de volver a armar esos rulos. Enroscarme el pelo entre los dedos y esperar. Hacer tirabuzones recordando a tantas mujeres que volvieron de los peines… o nunca se dejaron trenzar.

Y ser todo lo inteligente que pueda.
Y estar orgullosa de eso.
Porque quererme MÁS, QUERERNOS MÁS es otra forma de decir NI UNA MENOS.

Meredith: -Qué querés hacer?
Cristina: -Escribir-
Meredith: -Entonces, escribí-.

Volvieron los cuentos.

Male

H2

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