Aldo

Usaba unos pantalones hechos girones con una bermuda abajo. Los rulos que casi cerraban círculo, la capucha siempre puesta, manos en los bolsillos, mirada que comprendía de tanto no comprender.

Lo conocí en la obra, en casa. Vino cuando tuvimos dinero para pagarle, y cuando se nos acabó, al igual que sus compañeros, siguió apareciendo igual.

-Chicos, no tenemos con qué pagarles. Ya no vengan mañana. Se nos acabó el presupuesto.-
-Pero no se acabó el trabajo, jefe. Pero no se acabó el trabajo, doña. Y siguieron viniendo.-

Barracas, Villa “21–24”, casi dos horas de viaje hasta nuestra casa, y siguieron viniendo.
Y compartimos la obra y las sonrisas. Las charlas y el trabajo. La galleta de grasa al desayunar y el fiambre al mediodía. Nahuel. Yo. Él, Ulises, Mario.

Él, Ulises, Mario.

Que seguro si me los cruzo de noche, del miedo que me ha dejado la violencia generada por violencias previas, cruzo de vereda. Porque intento no juzgar, pero el cuerpo juzga sólo.
Pero me los cruzo en casa y somos un equipo.
Me los cruzo en casa y todos creemos en un proyecto que se gesta.
Me los cruzo en casa y se que tienen que estar aquí, porque si voy por el mundo pidiéndole a las empresas que tomen chicos y chicas que necesitan una oportunidad, no puedo dejar de ofrecerla cuando la tengo.

Una noche hicimos el asado de inauguración de la casa, o de fin de obra. Vinieron muchos amigos y vinieron todos, el equipo, porque el trabajo había sido colectivo y todos nos merecíamos festejar. Trajeron para quedarse a dormir, porque no sabíamos a qué hora terminaría la cosa, y los chicos durmieron en el quincho que ellos mismos habían pintado, junto con otros amigos y amigas que vivían lejos.

Recuerdo el saludo al despertar:

-Doña, no se apareció ni una vez a controlarnos.-
-¿A controlarlos, por qué?-
-Pensé que iba a venir toda la noche para ver que no nos robemos nada. –
-Aldo, tenía sueño. Hace 3 meses que vienen a casa todos los días, yo confío en ustedes.-
-¿Usted confia en nosotros? ¿Usted confía en mi?-
-Si, Aldo. Yo confío en vos.-

Esa noche me fui a dormir temprano, y el junto a Ulises tuvieron una charla con uno de nuestros amigos y con Nahuel, mi compañero. Yo ya había escuchado esa charla antes, pero volvieron a abrir el alma. A contar cómo se vive en el barrio. Que su madre es discapacitada, y tiene un record de infartos: Sobrevivió a 7, tiene el corazón grande como una olla, los médicos no pueden creerlo… pero ahí sigue, viva. Que a veces tiene miedo, pero no a los tiros y a las balas perdidas. Tiene miedo que a la madre “le de algo de nuevo” porque la ambulancia no entra ni entrará a la villa.
Habla de la madre y pierde la dureza. Habla de la madre y se llena de ternura. Intentaría disimularla, seguro, si se diera cuenta que se le nota. Porque Aldo se muestra duro, Aldo no puede aflojar nunca. “Que si te aflojás te hacen pollo”. Sos boleta. Terminás en el río. Y la policía nos dice que nos arreglemos entre nosotros, que no van a meterse. Que hagamos justicia y que ellos miran para otro lado. Entonces el busca justicia, metiéndose en peleas, separando peleas. Se mete en todas las que puede para palear la bronca. Intenta separar a la gente, o apoyar al bueno. Quiere ver si logra evitar que la gente termine muerta, como su viejo.

Algunos hermanos ausentes. Otros que no sabe que hacen. Acribillaron a su papá adelante suyo cuando tenía 9 años en algo que no se sabe si fue ajuste de cuentas o mera pelea de vecinos.

Aldo amaba leer.
Y lo cuento no porque leer legitime algo, porque sería lo mismo si amara graffitear, bailar reggaeton o tocar el piano.
Cuento que Aldo amaba leer porque decía que eso le llenaba el alma y le abría la cabeza.
Siempre venía con un libro bajo el brazo. Y comentábamos las lecturas. Decía que prefería los libros a la escuela, porque podía aprender igual y nadie lo maltrataba. Y Aldo leía. Todo lo que podía, y en cualquier momento.

Tardó un tiempo en pedir ayuda, y creo que pudo hacerlo cuando le expresamos que queríamos ser recíprocos con él. Que él nos estaba ayudando y queríamos poder ver en qué darle una mano. Nos pidió dos cosas: Si lo dejábamos venir a casa a estar ocupado, así no estaba al bardo en su casa y no se metía en giladas, y si podíamos ayudarle a hacer el documento. Le dijimos que si a ambas cosas, y empezamos a conseguir el papelerío para que pueda sacar su DNI.
Mientras tanto, otro amigo, el que charló con él esa noche, empezó a intentar darle una mano con la situación de su mamá. Parches. Pero una mano lava la otra, y nosotros queríamos tener algo para ofrecer también.

Comenzamos a armar Construirte, una empresa pequeña de construcción para asegurar trabajo permanente para ellos. Una diseñadora salida del anterior artículo que escribí nos regaló la imagen. Estábamos -y estamos- armando los proyectos para conseguir las herramientas necesarias para afrontar los trabajos.

Creimos que el mensaje de Ulises un domingo a la mañana era por eso.

-Nahuel, vos tenés la partida de nacimiento de Aldo? Lo mataron y no nos quieren entregar el cuerpo sin papeles”.-

Nahuel viene pálido, y me dice “Mataron a Aldo”.
No puedo entenderlo pero si puedo creerlo.

Llamamos a Ulises. -Esta vez le tocó a él, nos dice.- Con una naturalidad que asusta.

-¿Tenés o no tenés la partida de nacimiento? El te dio la copia por lo del DNI.-

No podemos reaccionar aún, y caminamos mirando cada pared que Aldo pintó como una especie de ironía.

Buscamos la partida. Buscamos una explicación. Queremos saber más, aunque no sepamos para qué.

Tenía la música fuerte, nos dice Ulises. Tenía la música fuerte, una vecina se enojó y su hijo bajó y lo acuchilló al instante. Lo acuchilló y la ambulancia llegó tarde.
Tenía razón, Aldo, en tener miedo.

Me quedo con la última charla que tuvimos. En ella, nos contaba que no sabía porqué estaba vivo. Relucía sus cicatrices como trofeos de batalla. De todas esas batallas en las que le ganó a la muerte. “No entiendo porqué estoy vivo. Capaz para no darle el gusto a los que me quieren muerto. O se cree que no nos damos cuenta. Somos la lacra de la sociedad, y ahí nos tienen, muriéndonos con el paco o matándonos a nosotros mismos”.

Mi amigo le cambió la pregunta. Le dijo que porqué en cambio de preguntarse “porqué estaba vivo” no se planteaba el “para qué”. Y le gustó la propuesta.

Esa noche le pregunté si creía que algo de lo que intentábamos hacer con y por los pibes que estaban en su situación servía para algo. Que por favor nos dijera, que necesitaba que nos diga qué era lo que realmente servía, que no quería que seamos un montón de pibitos de clase media semi-instruida haciendo tallercitos para los pobres.

-Si sirve, señora. Pero sirve siempre que sepan que una cosa son sus proyectos y otra cosa es la villa. Que con sus programas no van a cambiar la villa. Que desde su lugar no van a cambiar las reglas y los códigos del barrio, que eso es cosa nuestra. Pero sirve para ayudarnos a nosotros, para que tengamos oportunidad.-

Y ahí aparece una vez más la bendita palabra. La magia que abre al menos, algunas puertas. “OPORTUNIDAD”.

Gracias Aldo, por darme a mi la oportunidad de seguir confirmando por dónde va a ir nuestro camino como activistas sociales. No vas a leer este texto, pero quiero, aunque sea, sumarme a quienes van a recordarte con una sonrisa emergiendo de la angustia insoportable y la impotencia.

Male
H2

P.d: No me dejaron ir al velatorio. Pero cuando Nahuel volvió de él me contó, que, paradójicamente, cuando lo mataron a sangre fría, su hermanito vio todo. ¿Qué edad pueden imaginar que tiene su hermanito? Obvio. 9 años.

(Aún no pude terminar de contener la avalancha de voluntades que increíblemente generó lo que escribí la última vez. Prometo, juro contestar cada mensaje y generar la reunión que les debo, pero con el compromiso necesario para no generar expectativas y promesas a quienes viven en la urgencia del sobrevivir y comer cada día. Estamos pensando en cómo hacer las cosas de una manera recíproca y sostenible. Gracias por aguantarnos un poquito más.)

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